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30 de julio de 2002


El espectáculo, que se nutre del lenguaje musical y teatral, propone un juego escénico habitado por murgas, candombes, chacareras y blues, en una recorrida llena de entusiamo, simpatía y vitalidad.

Por Silvina Friera


  Las rimas previsibles, las letras maniqueas y las desprolijidades sonoras, impuestas por el mercado comercial de la música infantil, subestimaron el universo lúdico de los chicos. La canciones de Mariana Baggio, editadas en el CD Barcos y Mariposas, prescinden de estos estereotipos gracias a un menú de ritmos y timbres diversos, apuntalados por la convicción de que es factible articular un espacio sonoro propio de absoluta libertad creativa. En el espectáculo homónimo del disco , que se presenta de jueves a domingo en el Callejón de los Deseos, las fronteras entre un recital y la representación de una obra de teatro se desdibujan. La experiencia, que se nutre del lenguaje musical y teatral, propone un juego escénico habitado por murgas, chacareras, candombes, blues y merengues, que generan la sensación de que todos participan del mismo viaje por los territorios de América Latina, de sus historias y sus gentes.
     
  Baggio no es una princesita hermosa mi una heroína. No necesita tules, ni encajes para despertar la fantasía de las nenas y manejar el timón del barco. Su voz resulta el vehículo ideal para despertar la aletargada imaginación de los padres y potenciar el imaginario de los chicos. Como en la rayuela, tira la piedra y el juego empieza a funcionar con pelotas, latas, cucharones, y cacharros. Los instrumentos no son adornos sino elementos imprescindibles para captar los latidos de esos territorios. En cada estación se perfila un relato, un clima, una melodía, en definitiva una geografía (Uruguay, Venezuela, Argentina, entre otros lugares). La guitarra, los platillos, cacerolas y platillos de "Canguro" contagian a las nenas más extrovertidas, que saltan emulando al animal de la letra. En el "Blues Cortito", Mariana se tapa la nariz para imitar los sonidos de las trompetas. El recurso tiene su correlato en la respuesta de la platea, que transformada en un coro de trompetas, acompaña a la cantante y al resto de los músicos, Martín Telechanski, Lautaro Cappella y Gastón Gerhardt.

   La participación jamás es inducida o manipulada. Los niños detestan que los obliguen a intervenir cuando prefieren escuchar o seguir las historias como meros espectadores. Baggio y sus músicos, conscientes de esta cuestión medular, conducen el recorrido sin equívocos. No hay provocación, golpes bajos ni efectos groseros. Por el contrario, prevalece el respeto hacia las reacciones de los chicos. Cuando los ritmos y las canciones suscitan entusiasmo (incluso en los padres) la atmósfera puede ser ritual. Esto sucede con "Que no pare de tocar": las nenas, "sacudiendo bien el cuerpo", como dice la letra, se entregan con espontaneidad al ritmo de la murga. En cambio, los varones se deslumbran con los instrumentos no convencionales. Sobre una mesada, Baggio invita a tomar la sopay junto con sus músicos explora la riqueza y los contrastes sonoros de las cucharas, cucharones y cacerolas. La noche con sus fantasmas, brujas y juguetes hechizados, representa el misterio frente a lo desconocido. Los guiños que intercambian los chicos cuando se lanzan a inventar historias se reflejan en "Una noche de luna llena". Los lobos están sueltos, el público aúlla como si pretendiera alejar a la bruja que asusta a Manuel, el protagonista de la letra. El tratamiento de las canciones, mayormente compuestas por Baggio, reponden a una concepción estética comprometida con la calidad y la originalidad del lenguaje musical. Mariana y sus cómplices de esta aventura se divierten con su trabajo y juegan como niños con las latas de gaseosas y cervezas que sustentan a la impresionante "Chacarera de la lata". A modo de viaje antropológico por las entrañas de latinoamérica, el barco arriba al destino final. El candombe de los negros convoca a todos los niños a bailar. Sin embargo, muchas veces la timidez de los varones cede paso al protagonismo de las mujercitas. Una nena con vincha rosa y vestido negro (la más inquieta, que arengaba a saltar y moverse con la murga) reflejó mejor que nadie el espíritu de la canción: "Cuando suenan los tambores...nadie se queda en su casa"

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