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1 de setiembre de 2001

Por Pablo Plotkin


Para explicar el génesis del disco debut de Mariana Baggio, habría que volver a sus años de infancia y adolescencia y rastrear en una caja llena de casetes de Joan Báez, Paco Ibáñez y la cantante venezolana Cecilia Todd. Habría que seguir la hoja de ruta de sus viajes por América latina, retrotraerse a las noches de ópera junto a su abuela y descubrir las canciones que le cantaban sus padres en los años setenta. Especie de mapa genético-musical de su autora, Barcos y mariposas es una obra compuesta desde el universo lúdico de un chico, interpretada y producida con implacable profesionalismo. “Hay un preconcepto que dice que la música para chicos es pavota, mal hecha, sin onda, sin swing, sin groove. Es una idea equivocada. Este disco está hecho por gente que toca música para adultos y que puso la misma onda, la misma afinación, la misma calidad”, apunta Mariana. “Eso, en parte, hizo que esta producción independiente se difundiera tan rápido: se da el fenómeno de padres compartiendo las canciones con sus hijos”.
Concebido como un diario de viaje panamericano, Barcos... tiene su correlato en la manera en que Mariana enseña música. Alrededor de cada canción gravitan las alegrías y tragedias de un pueblo, la fabricación artesanal de un instrumento, las historias personales. El candombe, la baguala, el tango, el blues, la chacarera, el son y la música celta se suceden con libertad de mochilero. La autora lo define como un trabajo “casi antropológico”. “Me encanta la música de Venezuela, de Colombia, de México, de Uruguay”, cuenta Baggio (ex vocalista en vivo de Ruidos y Ruiditos), que se presentará los domingos de septiembre (desde mañana) y octubre, a las 16.30, en el teatro El Ombligo de la Luna (Anchorena 364). “Tanto cuando viajo como cuando laburo con los pibes, trato de adentrarme en la geografía y la forma de vida a las que pertenece cada ritmo. La canción ‘Ramona’, por ejemplo, está basada en una pastora real que conocí en Tafí del Valle. Esa mujer se mueve a la velocidad de su entorno, en medio de un silencio imposible de escuchar en la ciudad. A lo sumo se oyen los pájaros y el agua del arroyo. Y todo eso se traduce en la música de la zona: los instrumentos de viento son la quena y el sikus y el bombo tiene la profundidad sonora del valle. Las músicas populares están tan ligadas a la forma en que vive su gente... Y eso a mí me emociona mucho, y me interesa. Por ahí pasa el espíritu del disco”.
–¿Existe alguna manera de sonar para chicos sin caer en estereotipos?
–Lo que hace que mi disco pueda definirse como música para chicos tiene que ver con las letras, las temáticas, más que con la música en sí. Si tuviera que hacer un disco para adultos, encararía los arreglos de la misma manera. “El becerrito”, por ejemplo, que es un tema del venezolano Simón Díaz, no es un tema infantil, y de hecho otras veces lo canté para adultos. “Melodía celta”, que la compuse yo, la tocaba en un dúo que no era de música para chicos. Creo que lo que tiene de atípico este disco pasa por ese lado: la manera en que están trabajados los arreglos. Lo que les da acceso a los chicos son las temáticas, los juegos y los cuentos que hay en las canciones.
–Es un disco en el que casi no se escuchan voces de pibes...
–Es cierto. Sólo canta una canción Jazmín Rastelli, una alumna mía. La elegí porque cuando la escuché cantar “Ramona” me dio una emoción... Tiene una voz hermosa, vi que la entendía, que la sentía, y sencillamente quise que fuera ella quien la cantase. Me conmovió artísticamente. No me prendo mucho con la idea de que en los discos para chicos canten chicos porque sí. Creo que un pibe se enriquece con un disco, entonces me parece bueno que escuchen a gente que toca realmente bien. Eso aporta a su formación estética.
–¿Qué le falta a la música para chicos en Argentina?
–Lo que suele pasar es que está hecha por docentes de música para chicos, y no por verdaderos músicos. Eso después se nota en la calidad delas obras. En mi caso, seguiré estudiando música siempre, vivo rodeada de músicos y tengo idea de hacer otro tipo de discos. Martín Telechanski, que produjo Barcos... con una fineza impresionante, jamás había trabajado en una obra para chicos. Puso el mismo empeño y la misma calidad, trabajamos la exploración tímbrica de una manera poco común, y nos divertimos mucho haciéndolo. Al cabo de varias sesiones, el trabajo se convirtió en un juego. Y creo que todo eso se percibe.

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